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LA MÁSCARA DE LA MUERTE ROJA (E.A.Poe): RELATO Y DISCUSIÓN

LA MÁSCARA DE LA MUERTE ROJA (E.A.Poe): RELATO Y DISCUSIÓN

Poe es una de las figuras brillan con luz propia dentro de la historia de la literatura. Adoptado, noctámbulo, víctima de frecuentes obsesiones, bebedor, obsesionado con el reconocimiento ajeno, bipolar, a los veintisiete se casó con su prima de trece años, intentó que su medio de vida fuera la escritura en una época en la que no existían derechos sobre la propiedad intelectual ni el copyright. Vivió con pasión, convencido hasta casi el final de que las estrecheces económicas serían pasajeras, y el alcoholismo superable; y murió joven, en circunstancias inciertas. Él mismo dejó escrito: “Mi vida ha sido capricho, impulso, pasión, anhelo de la soledad, mofa de las cosas de este mundo; un honesto deseo de futuro” Pero si Poe brilla no es por su vida azarosa y llena de altibajos, sino por su obra y su legado.

Pocos escritores, quizás ninguno, habrán influido tanto como él en la producción literaria posterior a su tiempo. Lo podemos encontrar en las líneas de escritores tan dispares como Lovecraft (las atmósferas opresivas, los inimaginables y no imaginados peligros de sus cuentos ya están anticipados en algunos de los de Poe), Julio Verne (que escribió una secuela a “La narración de Arthur Gordon Pym”) o Borges (admirador confeso, consideraba que Poe y Whitmann habían dado forma a la literatura moderna) Quizás, por la naturaleza de sus obras, cuentos cortos en su mayoría, la conexión sea más patente en autores que hayan cultivado el cuento o la novela corta como género narrativo. No obstante, algunos críticos extienden su influencia a escritores aparentemente tan lejanos como Dostoievski (muchos de los personajes de Poe viven agobiados por la culpa y el remordimiento… Raskolnikov también) o Nabokov (otro rendido admirador)

En definitiva, Poe fue un excéntrico genial, que redefinió el concepto de cuento a través de sus obras entre otras cosas, y cuentos son la mayoría de sus obras. Por eso he escogido uno para esta segunda entrada. Se trata de “La máscara de la muerte roja” No figura entre sus narraciones más famosas, pero es mi favorita. Las grandes historias son intemporales. Ésta lo es.

La crítica es unánime al señalar que el tema central de la obra es lo inevitable de la muerte, que alcanza a todos, sin distinción de clase o posición (una idea con resonancias medievales) Valar morghulis dirían los personajes de “Canción de hielo y fuego” Lo anterior es evidente, pero incompleto. Tan importante como la muerte es el hecho de que el Príncipe Prospero intente aislarse de la misma ignorando la muerte y el sufrimiento de sus súbditos. Por eso, el egoísmo humano debe considerarse como el segundo eje alrededor del que gira la narración.

Poe, como todos los grandes escritores, era un observador implacable de la verdadera naturaleza de la realidad que lo rodeaba. Por eso, las conclusiones que nos presenta el cuento son totalmente actuales, y también incómodas. Habrá cambiado el mundo, pero no el ser humano. Nosotros, como Próspero y su corte, vivimos en una abadía bien aprovisionada, y también hemos cerrado y soldado nuestras puertas al dolor y la miseria que nos rodea. También nos sentimos abrumados, y hasta quizás un poco culpables cuando oímos el tañido de nuestro reloj particular en forma de telediarios o noticias que tratan de desastres naturales, o el hambre en el mundo. Como Próspero y su corte, preferimos dar la espalda a la realidad que nos rodea, y enseguida volvemos al baile. Y a todos alcanza la Muerte. A Próspero, a su corte, a todos.

 

 

LA MÁSCARA DE LA MUERTE ROJA (versión de Julio Cortázar)

La “Muerte Roja” había devastado el país durante largo tiempo. Jamás una peste había sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era encarnación y su sello: el rojo y el horror de la sangre. Comenzaba con agudos dolores, un vértigo repentino, y luego los poros sangraban y sobrevenía la muerte. Las manchas escarlata en el cuerpo y la cara de la víctima eran el bando de la peste, que la aislaba de toda ayuda y de toda simpatía, y la invasión, progreso y fin de la enfermedad se cumplían en media hora.

Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios quedaron semidespoblados llamó a su lado a mil caballeros y damas de su corte, y se retiró con ellos al seguro encierro de una de sus abadías fortificadas. Era ésta de amplia y magnífica construcción y había sido creada por el excéntrico aunque majestuoso gusto del príncipe. Una sólida y altísima muralla la circundaba. Las puertas de la muralla eran de hierro. Una vez adentro, los cortesanos trajeron fraguas y pesados martillos y soldaron los cerrojos. Habían resuelto no dejar ninguna vía de ingreso o de salida a los súbitos impulsos de la desesperación o del frenesí. La abadía estaba ampliamente aprovisionada. Con precauciones semejantes, los cortesanos podían desafiar el contagio. Que el mundo exterior se las arreglara por su cuenta; entretanto era una locura afligirse. El príncipe había reunido todo lo necesario para los placeres. Había bufones, improvisadores, bailarines y músicos; había hermosura y vino. Todo eso y la seguridad estaban del lado de adentro. Afuera estaba la Muerte Roja.

Al cumplirse el quinto o sexto mes de su reclusión, y cuando la peste hacía los más terribles estragos, el príncipe Próspero ofreció a sus mil amigos un baile de máscaras de la más insólita magnificencia.

Aquella mascarada era un cuadro voluptuoso, pero permitan que antes les describa los salones donde se celebraba. Eran siete -una serie imperial de estancias-. En la mayoría de los palacios, la sucesión de salones forma una larga galería en línea recta, pues las dobles puertas se abren hasta adosarse a las paredes, permitiendo que la vista alcance la totalidad de la galería. Pero aquí se trataba de algo muy distinto, como cabía esperar del amor del príncipe por lo extraño. Las estancias se hallaban dispuestas con tal irregularidad que la visión no podía abarcar más de una a la vez. Cada veinte o treinta metros había un brusco recodo, y en cada uno nacía un nuevo efecto. A derecha e izquierda, en mitad de la pared, una alta y estrecha ventana gótica daba a un corredor cerrado que seguía el contorno de la serie de salones. Las ventanas tenían vitrales cuya coloración variaba con el tono dominante de la decoración del aposento. Si, por ejemplo, la cámara de la extremidad oriental tenía tapicerías azules, vívidamente azules eran sus ventanas. La segunda estancia ostentaba tapicerías y ornamentos purpúreos, y aquí los vitrales eran púrpura. La tercera era enteramente verde, y lo mismo los cristales. La cuarta había sido decorada e iluminada con tono naranja; la quinta, con blanco; la sexta, con violeta. El séptimo aposento aparecía completamente cubierto de colgaduras de terciopelo negro, que abarcaban el techo y la paredes, cayendo en pliegues sobre una alfombra del mismo material y tonalidad. Pero en esta cámara el color de las ventanas no correspondía a la decoración. Los cristales eran escarlata, tenían un color de sangre.

A pesar de la profusión de ornamentos de oro que aparecían aquí y allá o colgaban de los techos, en aquellas siete estancias no había lámparas ni candelabros. Las cámaras no estaban iluminadas con bujías o arañas. Pero en los corredores paralelos a la galería, y opuestos a cada ventana, se alzaban pesados trípodes que sostenían un ígneo brasero cuyos rayos se proyectaban a través de los cristales teñidos e iluminaban brillantemente cada estancia. Producían en esa forma multitud de resplandores tan vivos como fantásticos. Pero en la cámara del poniente, la cámara negra, el fuego que a través de los cristales de color de sangre se derramaba sobre las sombrías colgaduras, producía un efecto terriblemente siniestro, y daba una coloración tan extraña a los rostros de quienes penetraban en ella, que pocos eran lo bastante audaces para poner allí los pies. En este aposento, contra la pared del poniente, se apoyaba un gigantesco reloj de ébano. Su péndulo se balanceaba con un resonar sordo, pesado, monótono; y cuando el minutero había completado su circuito y la hora iba a sonar, de las entrañas de bronce del mecanismo nacía un tañido claro y resonante, lleno de música; mas su tono y su énfasis eran tales que, a cada hora, los músicos de la orquesta se veían obligados a interrumpir momentáneamente su ejecución para escuchar el sonido, y las parejas danzantes cesaban por fuerza sus evoluciones; durante un momento, en aquella alegre sociedad reinaba el desconcierto; y, mientras aún resonaban los tañidos del reloj, era posible observar que los más atolondrados palidecían y los de más edad y reflexión se pasaban la mano por la frente, como si se entregaran a una confusa meditación o a un ensueño. Pero apenas los ecos cesaban del todo, livianas risas nacían en la asamblea; los músicos se miraban entre sí, como sonriendo de su insensata nerviosidad, mientras se prometían en voz baja que el siguiente tañido del reloj no provocaría en ellos una emoción semejante. Mas, al cabo de sesenta y tres mil seiscientos segundos del Tiempo que huye, el reloj daba otra vez la hora, y otra vez nacían el desconcierto, el temblor y la meditación.

Pese a ello, la fiesta era alegre y magnífica. El príncipe tenía gustos singulares. Sus ojos se mostraban especialmente sensibles a los colores y sus efectos. Desdeñaba los caprichos de la mera moda. Sus planes eran audaces y ardientes, sus concepciones brillaban con bárbaro esplendor. Algunos podrían haber creído que estaba loco. Sus cortesanos sentían que no era así. Era necesario oírlo, verlo y tocarlo para tener la seguridad de que no lo estaba. El príncipe se había ocupado personalmente de gran parte de la decoración de las siete salas destinadas a la gran fiesta, su gusto había guiado la elección de los disfraces.

Grotescos eran éstos, a no dudarlo. Reinaba en ellos el brillo, el esplendor, lo picante y lo fantasmagórico. Veíanse figuras de arabesco, con siluetas y atuendos incongruentes, veíanse fantasías delirantes, como las que aman los locos. En verdad, en aquellas siete cámaras se movía, de un lado a otro, una multitud de sueños. Y aquellos sueños se contorsionaban en todas partes, cambiando de color al pasar por los aposentos, y haciendo que la extraña música de la orquesta pareciera el eco de sus pasos.

Mas otra vez tañe el reloj que se alza en el aposento de terciopelo. Por un momento todo queda inmóvil; todo es silencio, salvo la voz del reloj. Los sueños están helados, rígidos en sus posturas. Pero los ecos del tañido se pierden -apenas han durado un instante- y una risa ligera, a medias sofocada, flota tras ellos en su fuga. Otra vez crece la música, viven los sueños, contorsionándose al pasar por las ventanas, por las cuales irrumpen los rayos de los trípodes. Mas en la cámara que da al oeste ninguna máscara se aventura, pues la noche avanza y una luz más roja se filtra por los cristales de color de sangre; aterradora es la tiniebla de las colgaduras negras; y, para aquél cuyo pie se pose en la sombría alfombra, brota del reloj de ébano un ahogado resonar mucho más solemne que los que alcanzan a oír las máscaras entregadas a la lejana alegría de las otras estancias.

Congregábase densa multitud en estas últimas, donde afiebradamente latía el corazón de la vida. Continuaba la fiesta en su torbellino hasta el momento en que comenzaron a oírse los tañidos del reloj anunciando la medianoche. Calló entonces la música, como ya he dicho, y las evoluciones de los que bailaban se interrumpieron; y como antes, se produjo en todo una cesacion angustiosa. Mas esta vez el reloj debía tañer doce campanadas, y quizá por eso ocurrió que los pensamientos invadieron en mayor número las meditaciones de aquellos que reflexionaban entre la multitud entregada a la fiesta. Y quizá también por eso ocurrió que, antes de que los últimos ecos del carrillón se hubieran hundido en el silencio, muchos de los concurrentes tuvieron tiempo para advertir la presencia de una figura enmascarada que hasta entonces no había llamado la atención de nadie. Y, habiendo corrido en un susurro la noticia de aquella nueva presencia, alzóse al final un rumor que expresaba desaprobación, sorpresa y, finalmente, espanto, horror y repugnancia. En una asamblea de fantasmas como la que acabo de describir es de imaginar que una aparición ordinaria no hubiera provocado semejante conmoción. El desenfreno de aquella mascarada no tenía límites, pero la figura en cuestión lo ultrapasaba e iba incluso más allá de lo que el liberal criterio del príncipe toleraba. En el corazón de los más temerarios hay cuerdas que no pueden tocarse sin emoción. Aún el más relajado de los seres, para quien la vida y la muerte son igualmente un juego, sabe que hay cosas con las cuales no se puede jugar. Los concurrentes parecían sentir en lo más hondo que el traje y la apariencia del desconocido no revelaban ni ingenio ni decoro. Su figura, alta y flaca, estaba envuelta de la cabeza a los pies en una mortaja. La máscara que ocultaba el rostro se parecía de tal manera al semblante de un cadáver ya rígido, que el escrutinio más detallado se habría visto en dificultades para descubrir el engaño. Cierto, aquella frenética concurrencia podía tolerar, si no aprobar, semejante disfraz. Pero el enmascarado se había atrevido a asumir las apariencias de la Muerte Roja. Su mortaja estaba salpicada de sangre, y su amplia frente, así como el rostro, aparecían manchados por el horror escarlata.

Cuando los ojos del príncipe Próspero cayeron sobre la espectral imagen (que ahora, con un movimiento lento y solemne como para dar relieve a su papel, se paseaba entre los bailarines), convulsionóse en el primer momento con un estremecimiento de terror o de disgusto; pero inmediatamente su frente enrojeció de rabia.

-¿Quién se atreve -preguntó, con voz ronca, a los cortesanos que lo rodeaban-, quién se atreve a insultarnos con esta burla blasfematoria? ¡Apodérense de él y desenmascárenlo, para que sepamos a quién vamos a ahorcar al alba en las almenas!
Al pronunciar estas palabras, el príncipe Próspero se hallaba en el aposento del este, el aposento azul. Sus acentos resonaron alta y claramente en las siete estancias, pues el príncipe era hombre temerario y robusto, y la música acababa de cesar a una señal de su mano.

Con un grupo de pálidos cortesanos a su lado hallábase el príncipe en el aposento azul. Apenas hubo hablado, los presentes hicieron un movimiento en dirección al intruso, quien, en ese instante, se hallaba a su alcance y se acercaba al príncipe con paso sereno y cuidadoso. Mas la indecible aprensión que la insana apariencia de enmascarado había producido en los cortesanos impidió que nadie alzara la mano para detenerlo; y así, sin impedimentos, pasó éste a un metro del príncipe, y, mientras la vasta concurrencia retrocedía en un solo impulso hasta pegarse a las paredes, siguió andando ininterrumpidamente pero con el mismo y solemne paso que desde el principio lo había distinguido. Y de la cámara azul pasó la púrpura, de la púrpura a la verde, de la verde a la anaranjada, desde ésta a la blanca y de allí, a la violeta antes de que nadie se hubiera decidido a detenerlo. Mas entonces el príncipe Próspero, enloquecido por la ira y la vergüenza de su momentánea cobardía, se lanzó a la carrera a través de los seis aposentos, sin que nadie lo siguiera por el mortal terror que a todos paralizaba. Puñal en mano, acercóse impetuosamente hasta llegar a tres o cuatro pasos de la figura, que seguía alejándose, cuando ésta, al alcanzar el extremo del aposento de terciopelo, se volvió de golpe y enfrentó a su perseguidor. Oyóse un agudo grito, mientras el puñal caía resplandeciente sobre la negra alfombra, y el príncipe Próspero se desplomaba muerto. Poseídos por el terrible coraje de la desesperación, numerosas máscaras se lanzaron al aposento negro; pero, al apoderarse del desconocido, cuya alta figura permanecía erecta e inmóvil a la sombra del reloj de ébano, retrocedieron con inexpresable horror al descubrir que el sudario y la máscara cadavérica que con tanta rudeza habían aferrado no contenían ninguna figura tangible.

Y entonces reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche. Y uno por uno cayeron los convidados en las salas de orgía manchadas de sangre y cada uno murió en la desesperada actitud de su caida. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último de aquellos alegres seres. Y las llamas de los trípodes expiraron. Y las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo.

Enlaces de interés:
-Edgar Allan Poe. Wikipedia. http://es.wikipedia.org/wiki/Edgar_Allan_Poeç
-La máscara de la muerte roja. Wikipedia. http://es.wikipedia.org/wiki/La_m%C3%A1scara_de_la_Muerte_Roja
-Otros cuentos de Poe. http://html.rincondelvago.com/el-gato-negro_edgar-allan-poe.html
-Una interpretación, curiosa, aunque no del todo acertada. La pongo por original. http://alexchrojo.blogspot.com/2006/09/breve-nota-la-mascara-de-la-muerte.html

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6 Responses to “LA MÁSCARA DE LA MUERTE ROJA (E.A.Poe): RELATO Y DISCUSIÓN”


  1. 1 leonelreo
    Lunes, 20 julio, 2009 en 16:55 pm

    me ha encantado el cuento. como suelo hacer, no he leído tu interpretación ni ninguna otra, para permanecer “virgen”, libre, hasta hacer la mía.

    para mí, poe habla de la propia esencia humana. yo entiendo el castillo como el propio yo. frecuentemente, problemas, obsesiones, dilemas, cargos de conciencia pueblan nuestra mente (o nuestra alma, como cada cual guste de pensar). en esas situaciones, muchas veces tendemos a huir, a esconcernos, aislarnos, escapar, apartar de nosotros tales pensamientos, sentimientos, destinos. nos metemos en nuestro castillo. nos rodeamos de cosas hermosas, pretendemos olvidarlo todo, pero esa cosa llamada conciencia, (no consciencia), o el subconsciente, o el inconsciente, ese oscuro traspatio de nuestra psique, alberga el horror, el dolor, el cargo de conciencia, y sólo es cuestión de tiempo, el tiempo inexorable y voraz, que ello nos atrape y nos haga presa.

    lo más probable es que todo esto no tenga mucho sentido, pero ese es el valor de una obra de arte: ofrecer a cada cual la interpretación que mejor le venga.

    gran entrada

  2. 2 Indibil
    Lunes, 20 julio, 2009 en 17:24 pm

    pues sí, parte de lo maravilloso del arte (o del verdadero arte más bien) es el espacio que deja a la interpretación. no me había imaginado la cosa como comentas, pero tiene sentido, y no está reñido con otras cosas. el arte… la sublimación de muchas cosas pensadas… y probablemente también presentidas.

  3. 3 nacho78
    Lunes, 20 julio, 2009 en 17:40 pm

    Leí una selección de cuentos de Poe de niño, era un autor que utilizaban para que aprendiéramos inglés pero también para acojonarnos, supongo, porque si no no lo entiendo… Mi favorito es “El Pozo y el Péndulo”, madre mía qué angustia se pasa.

    Otro que me encanta, “Down into the Maelström”, con ese retrato tan caracteristicamente romántico del hombre frente a la naturaleza salvaje, inmisericorde, pero al final con una cierta belleza, digamos, truculenta (que es el adjetivo, “truculento”, que me sale al pensar en Poe).

    Este “La Máscara de la Muerte Roja” no se me quedó especialmente grabado, creo, pero lo voy a leer en cuanto pueda en esta versión que nos proporcionas, Indibil. Después lo comentaré.

  4. 4 nacho78
    Lunes, 20 julio, 2009 en 17:46 pm

    Ahora bien, curiosamente la novela de Poe que más me ha llegado dentro, que más me ha impresionado, no la he leído y no sé si quiero hacerlo incluso ahora: es la “Narración de Arthur Gordon Pym” que citas en la entrada. La conocí leyendo la secuela que escribió Julio Verne, LA ESFINGE DE LOS HIELOS, una de mis novelas favoritas del autor francés (las otra son LA VUELTA AL MUNDO EN OCHENTA DÍAS y EL SECRETO DE MASTON, esta última secuela a su vez de DE LA TIERRA A LA LUNA).

    Tremendo el viaje de Pym, Barnard, Peters… tremendo el viaje del desconocido autor hacia el Polo buscando al perdido Arthur Pym y a sus compañeros, buscando que la ficción sea realidad, tremendo artificio de Verne, tremendo libro.

  5. 5 indibil
    Martes, 21 julio, 2009 en 23:10 pm

    Fácil que sea mejor LA ESFINGE DE LOS HIELOS (no la he leído) que NARRACION DE ARTHUR GORDON PYM (soporífero… )

    la verdad es qeu poe tiene cuentos que “objetivamente” son mejores que el que he puesto, pero ya lo digo, pongo mi favorito… el del pozo y el pendulo es mejor, por ejemplo, y el corazon delator, o el gato negro, entre otros, también.

    particularmente, lo que menos me gusta de poe, aunque hayan sido muy aplaudidos, son los crimenes de la calle morgue. me gusta más su vena fantásticoterrorífica.

    Saludos!

  6. Viernes, 24 mayo, 2013 en 4:09 am

    Howdy just wanted to give you a brief heads up and let you know
    a few of the images aren’t loading properly. I’m not sure why but I think its a linking issue.
    I’ve tried it in two different internet browsers and both show the same results.


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