Puede que este título no sea el más adecuado para la chapa que os voy a meter a continuación, pero así cierro el ciclo de entradas “revolucionarias”, con lo ocurrido en China desde 1911 hasta casi hoy.
China es hoy ante todo el país más poblado del Mundo si es que los indios no les han cogido ya, que podría ser: tiene ¿1300? ¿1500? ¿1600? millones de habitantes? Ni ellos mismos lo saben con certeza.
Lo que interesa recalcar es que según todos los indicios siempre desde que hay memoria ha tenido esta condición, en términos proporcionales. Una población además muy desigualmente repartida por el inmenso territorio del antiguo Imperio, y también extremadamente dividida en las categorías de campesino (la gran mayoría de chinos, tradicionalmente) y habitante de las ciudades, más numerosas, geográficamente, en el Sur y Este del país, con la importante excepción de Pekín que está al Noreste.
Sugiero la idea de que lo ocurrido en el siglo XX chino sólo es una revolución si se contemplan los hechos más superficiales: la implantación del Gobierno Comunista, la industrialización acelerada, pero muy tardía dentro del proceso revolucionario, del país, la urbanización cada vez más acentuada pero que sigue a día de hoy sin completarse…
Sugiero que hay mucha más tradición y pervivencia en la China contemporánea de la que pueda pensarse: en la continuidad de una enorme masa campesina con la que literalmente los jefazos de Pekín no saben qué hacer; en su riquísima cultura milenaria, algo de la cual vimos en la ceremonia de apertura de los Juegos de este año (una cultura cada vez más mezclada con elementos occidentales o de los más “avanzados” Hong-Kong y Taiwan, sin embargo) pero fundamentalmente pervive un ORDEN CÓSMICO, un ORDEN CÍCLICO.
La Historia de la China Imperial, como la del Egipto Faraónico, se estructura en una serie de períodos de paz, buen gobierno y expansión, identificados con diversas dinastías- en este caso Tang, Ming, Ching (que dio nombre al país para los occidentales, etc) interrumpidos periódicamente por otros de anarquía, guerra civil o exterior, destrucción, pobreza, caos. Todo ello en un ciclo continuado por toda la Eternidad y querido por el Cielo, que rige el panteón religioso tradicional chino.
La pervivencia del gobierno del Partido Comunista en la China de hoy puede ser entendida, en cierto sentido, y le tomo prestada la idea al gran Eric J. Hobsbawm, como un período de orden y estabilidad que se extiende desde 1949 hasta la actualidad, tras el período de anarquía que siguió a la caída del Último Emperador y de la Dinastía Manchú en 1911. Puede que en la mentalidad colectiva china esa especie de mística del orden, la disciplina y la jerarquía expliquen en parte el éxito, con todos sus virajes y totalitarismo (¿pero China ha conocido gobiernos no-totalitarios? podríamos preguntarnos) de los comunistas en el poder.
El icono máximo de la Revolución tenía sólo 18 años cuando se produjo la caída del Imperio, y debemos pronunciar su nombre como Mao Zedong (1893-1976). Era de orígenes campesinos, lo que contribuiría a su popularidad posterior entre estos, aunque bastante instruido para los estándares de la época. En el período de fragmentación y desorden que siguió a 1911, el joven Mao debió de ser uno de tantos otros líderes de sociedades secretas campesinas, grupos que mezclaban bandidaje, aventura, y cierta mística de grupo, dentro de unos confines territoriales muy estrechos.
En el que había sido centro del poder, un montón de caudillos militares se disputaban, aliándose entre ellos y antes de 1914 con los occidentales, los pedazos del Imperio para construir sus propios feudos. Esta época que dura hasta 1931 aproximadamente es muy oscura y complicada. Sólo comentaré que en la ciudad de Nanjing (Nankín para nosotros) un grupo de profesionales liberales, en todos los sentidos de esa palabra, dieron forma al primer partido político chino, o más bien movimiento, para la unificación nacional: el Kuomintang (Partido Nacionalista), liderado por la gran figura de esta primera década (hasta 1921), Sun-Yat-Sen (pronúnciese como se quiera).
Sun fundó la República de China, de la que se autoproclamó Presidente, y con la promesa de ayuda occidental se propuso reconquistar el territorio para su Gobierno. Al igual que con Lenin, una serie de complicaciones como la Revolución Rusa de 1917, la Primera Guerra Mundial y el surgimiento de los primeros grupos comunistas chinos, complicaron extraordinariamente su labor y en 1925 moría prematuramente, dejando el poder a uno de los caudillos miltares que se le habían unido, el joven y brillante General Chiang-kai-Shek (que lo pronuncie bien su tía).
Chiang es a su vez a la gran figura de la década de 1920, afianzando el poder del Kuomintang en el sur de China y extendiéndolo cada vez más hacia el Norte. Frente a las inclinaciones pro-rusas de Sun, Chiang parece que pronto se convirtió en un decidido anticomunista: en 1927 mandaba ilegalizar al partido ya entonces dominado por un más adulto y experimentado Mao y en 1934 les infligía una durísima derrota militar obligando al grupo comunista a huir a un remoto rincón.
Parecía que Chiang y el Kuomintang tenían todas las cartas en la mano; pero su conquista final de Pekín y la mitad norte del territorio chino quedó cortada por la invasión japonesa de Manchuria en 1931. Lenta, pero implacablemente, los japoneses fueron extendiendo su dominio del Continente desde sus islas, proclamando la instauración de la “Esfera de Co-Prosperidad de la Gran Asia Oriental”, eufemismo para designar al gran Imperio del Sol Naciente en su máximo esplendor y convencido de su destino genético de pueblo-guía de Oriente.
El Kuomintang y la República pasaron a la defensiva muy pronto; hacia 1937 Chiang tuvo que volver a ponerse su antiguo uniforme y dirigir el país desde la tienda de campaña y no desde el despacho, mientras los comunistas resurgían de sus cenizas en teórica colaboración con su gobierno. Mao se proclamaba ahora ya decididamente marxista-estalinista, aunque parece que su formación en las doctrinas proletarias era escasa. Deseaba la ayuda de la URSS como Chiang la de los Estados Unidos. Sería éste último el que ganaría en la partida exterior, pero Mao en la interior.
Efectivamente, el ahora conocido como Gran Timonel, por su estatura y su indiscutible jefatura, aprendió magistralmente la táctica de la guerra de guerrillas (a él se le atribuye la frase: “el Campo rodea a la Ciudad“) tanto contra los japoneses, cada vez más concentrados en sus bases urbanas, e incluso contra el Kuomintang al que informalmente obedecían. Al consumarse la derrota japonesa por mano de USA y de la bomba atómica, pero también por la resistencia china, indochina o indonesia (comunista o no) Mao estaba por primera vez en posición de derrotar a su rival de dos décadas.
La terrible guerra civil de 1945-1949 entre comunistas y Kuomintang dejó al país tan exhausto que quizás estaba dispuesto a aceptar cualquier forma de gobierno estable tras 38 años de anarquía. Con ayuda americana y la Guerra Fría en marcha, Chiang y sus seguidores consiguieron huir en 1949 a Taiwan, donde siguen gobernando (no Chiang mismo, claro) y mantienen la denominación oficial del país, no reconocido internacionalmente a todos los efectos, como REPÚBLICA DE CHINA. Mientras, los victoriosos maoístas levantaron la bandera roja con las estrellas amarillas en Pekín y proclamaron la República POPULAR China.
El camino posterior no quedaba muy claro, aunque parecía que debía pasar obligatoriamente por la colaboración de la URSS de Stalin. Sólo por pocos años iba a ser así, sorprendentemente… pero esto lo dejo para otra entrada, que esta me parece ya ha quedado MUY larga.
ACABAN DE ESCRIBIR