Hay quien dice que, en términos históricos, el siglo XX concluyó el 9 de noviembre de 1989 con la caída del muro de Berlín y el fin de la utopía comunista. También se puede pensar que el siglo XXI comenzó el 11 de septiembre de 2001 con el primer ataque terrorista a gran escala. En esos mismos términos, quizá el siglo XXI de nuestro fútbol empezó ayer con esa magnífica victoria de España ante Alemania (0-1) en la final de la Eurocopa.
El fútbol es un lenguaje que va a los sentidos sin pasar por las venas. Todo el mundo sabe que ayer España jugó un fútbol rápido, dinámico, atrevido, virtuoso y muy ornamental. Magníficos artesanos lo han hecho posible. Es una cuestión de estilo literario: la precisión con que la nube de centrocampistas desarrolla el diálogo; la riqueza del monólogo interior que se lee en Xavi, participe o no en el juego; la fluidez sintáctica en situaciones espesas. También es cuestión de inventiva: un equipo sin ariete (Torres no lo es) es un equipo sin desarrollo lineal, obligado a renunciar a la sencillez argumental y a moverse en espirales.
Los españoles han sido los mejores en todos los aspectos, hasta en el físico; han agotado a Italia, a la atlética Rusia y a Alemania. Ninguna selección, ni de lejos, se les ha asemejado. Ha ganado sin ir de menos a más un torneo que se lleva siempre el que llega mejor a la final. Ha jugado siempre igual y ha ganado (salvo en los penaltis) siempre igual. Ha sido una máquina imparable.
El balón es un elemento imprescindible porque lo inspira todo, aunque hay que tratar de esconderlo al rival; no debe estar siempre visible: no hay nadie que haya escondido el balón tan bien como Silva.
Los dedos nunca son más rápidos que la vista, y los futbolistas no son más rápidos que el balón. Pero es hermoso creerlo. El truco consiste en desviar la atención: cuando la pelota está aún atrás, entre los pies de Senna, el espectador ya mira hacia delante, hacia esos tipos que se cruzan en diagonal (Iniesta y Cesc Fábregas ayer), tratando de adivinar la carambola. La defensa rival, como el espectador, se distrae por un segundo. Por eso el balón parece llegar de ninguna parte al lugar menos previsto. A veces no pasa nada. Pero todo pasa muy rápido. Así fue el gol de Torres; Lemhann se dio cuenta que debió haberse retirado hace tiempo, aunque ayer fuera su mejor partido del campeonato.
Alemania es un texto larguísimo, inacabado, crepuscular, en el que los vestigios de un pasado glorioso conviven con un proyecto indefinido. En su novela se desconoce el argumento, se reflexiona sobre la modernidad y se añora un tiempo mejor mientras se busca el futuro. Hasta los héroes jóvenes, como Podolski o Schweinsteiger, padecen la erosión de la nostalgia. Las joyas de jugadores que tiene (Ballack-Frings) relucen con la tristeza dorada de un baile austrohúngaro. Está claro que les tocaba perder.
Por último mi reconocimiento especial para Luis Aragonés, que ha apostado por toda esta extraordinaria narración a pesar de haber perdido años de vida y amigos en su lucha. Baste un ejemplo: nadie en su sano juicio habría convocado a un jugador tan conflictivo como dicen que es Güiza; él lo hizo y Güiza ha sido decisivo.
Valoraciones:
Revelaciones: Turquía-Rusia y Güiza.
Mejor jugador: Iker Casillas.
Chascos: Francia y Ronaldo.





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