Archive for the 'HISTORIA' Category



07
Ene
09

LA GUERRA DE LOS SESENTA AÑOS… Y LO QUE QUEDA (1).

Desde la última vez que comentamos el asunto, la situación de la Guerra de Gaza ha variado de forma importante: ya está en marcha la operación de invasión terrestre por parte del ejército israelí, aunque los bombardeos no se han detenido. ¿Hasta dónde llegará Israel? Hasta donde le dejen probablemente; y Obama puede seguir haciéndose el loco otros 13 días, los que le quedan hasta su toma de posesión.

Pero esta entrada es para volver hacia atrás en el tiempo e intentar situar el conflicto actual en el contexto de uno muchísimo más largo, que he bautizado como Guerra de los Sesenta Años: es el tiempo que tiene de existencia oficial el Estado de Israel , y este reconocimiento diplomático (1948) fue el pistoletazo de salida para el inicio de las guerras en la región, aunque había una situación bélica latente desde unos veinte años antes. Seguir leyendo ‘LA GUERRA DE LOS SESENTA AÑOS… Y LO QUE QUEDA (1).’

02
Dic
08

China, II: “Dejad que crezcan cien flores”

Esa frase tan poética es una de las atribuidas a Mao Zedong durante su etapa de líder indiscutible de la nueva China surgida en 1949, como hemos visto en la entrada anterior. Se refiere a algo muy pragmático: la mejora a gran escala de la formación universitaria del país y la apertura del Gobierno a los frutos del talento (las “cien flores”) de los intelectuales, artistas y científicos chinos.

Fue una de las primeras consignas de Mao: apertura. Apertura hacia la URSS, el otro gran país comunista de la época, que le proporcionó una valiosa ayuda; apertura hacia los países del entorno, apoyando en la Indochina todavía francesa a los movimientos pro-independencia; y apertura hacia su zona de influencia más evidente: la península de Corea.

Así, China participó del lado del Gobierno (comunista) del Norte de Corea en la guerra contra el gobierno prooccidental de Seúl, en el Sur, que contó con la ayuda directa de los Estados Unidos. La URSS se abstuvo de intervenir pero el conflicto acabó al final en tablas, con el armisticio de Panmunjon (1953), que separó hasta el día de hoy a Corea en dos Estados, el del Norte dirigido por Kim Il Sung, comunista y bajo la protección china, para lo que aquí interesa.

Mientras, en el interior, el Gobierno emprendió una inmensa campaña de alfabetización de la población (nada fácil si echáis una ojeada al alfabeto chino, incluso al “normalizado” de hoy en día) y asumió otros rasgos típicos del estalinismo: la conversión de la agricultura en plantaciones propiedad del Estado, presuntamente para su mayor eficiencia; y la burocratización y militarización a gran escala que permitieran el control más estrecho de la población. Todo ello acompañado de un nada disimulado culto a la personalidad del líder, el Gran Timonel de la Revolución, el nuevo Confucio, con los característicos retratos y estatuas gigantescos dispersos por toda China.

Hacia 1956, Mao debió de sentirse lo suficientemente fuerte como para lanzar otro de sus grandes slogans: “Cien años en un día”. En una confusa mezcla de ideas religioso-místicas, tradiciones chinas y retórica comunista, el Líder planteaba que la simple Voluntad del pueblo chino conseguiría multiplicar, mediante un trabajo perfectamente coordinado y continuado, la producción industrial del país hasta igualarla, en pocos años, con la URSS o los países de Europa Occidental. Se trataba de dar el Gran Salto Hacia Adelante.

Planteada como una cuestión de vida o muerte, este experimento utópico parece que llegó a duplicar o triplicar la producción artesanal de acero chino en los dos primeros años; pero la absoluta irracionalidad y el descontrol o desprecio de los cultivos agrícolas (que quedaban abandonados) y en general de la vida humana provocaron una catástrofe. En los años 1959-1960 se produjo la mayor hambruna registrada en el Mundo en todo el siglo XX: murieron entre treinta y cuarenta millones  de personas, sólo en ese corto período.

Mao y su Comité Central del Partido, ignorantes o más probablemente indiferentes a esta realidad, reprimieron todo tipo de protestas, reprodujeron en China las purgas estalinistas y convirtieron al país en la fortaleza hermética que fue hasta por lo menos la década de los 90. 

En 1959 sofocaron una rebelión en el Tíbet, que habían ocupado en 1950, haciendo exiliarse hasta hoy en la India al Dalai Lama. En 1962 rompían relaciones con la URSS de Kruschev, declarándose “verdaderos intérpretes de las doctrinas marxistas-leninistas”. En 1967 China entró en el selecto y triste club de las potencia atómicas, dedicándose en los años siguientes a jugar una peligrosa partida diplomática a tres bandas con los soviéticos y los Estados Unidos del muy maquiavélico Henry Kissinger (“el enemigo de mi enemigo es mi amigo…” Y para demostrar su pureza doctrinal, en 1966 el Gran Timonel lanzó su último y quizá más trágico Mensaje: se iniciaba la “Gran Revolución Cultural Proletaria“, normalmente conocida como La Revolución Cultural.

No sabemos muy bien qué ocurrió en los diez años de la Revolución, hasta la muerte de Mao en 1976. Básicamente la idea consistía ahora en convertir al pueblo chino en un solo sujeto proletario… acabando con la educación superior  y (casi) con la vida urbana y “reeducando” a todos los sospechosos de “burgueses” en el ejército o en campos especiales de concentración.

Era una pasada de tal calibre que enseguida Mao encontró oposición en la cúpula del Partido, de la que salieron algunas figuras importantes, pero la situación se salvó para el ya anciano Presidente gracias a la aparición de un movimiento ultramaoísta de jóvenes “guardias rojos”, dispuestos a defender las esencias de la revolución hasta la muerte. La misma intención tenía lo que se conoce como “Banda de los Cuatro” (ya veis que en China todo tiene nombre poético, hasta lo más oscuro), encabezada por la viuda de Mao, que fracasó en su golpe de Estado a la muerte de Mao Zedong en 1976.

Se cerraba toda una etapa de la Historia de China, pero, aparte del control absoluto por parte de Partido y Ejército de la vida política y social del país, poco había logrado la Revolución en términos de desarrollo económico y social. Los líderes post-maoístas han sido esencialmente pragmáticos y se han ocupado prioritariamente de estos aspectos, sin descuidar la represión cuando ha sido necesaria, y con escasas apariciones en la escena internacional.

El más destacado de estos líderes es sin duda Deng-xiao-Ping, el Pequeño Timonel, hombre de tan pequeña estatura como extraordinaria capacidad para la supervivencia política. Siempre a la sombra de Mao, en 1977 se hizo con el poder desbancando a otros posibles sucesores sin dudar en el uso de la violencia, y desde entonces se convirtió en el nuevo Gran Líder, no menos poderoso que Mao pero más discreto, hasta su muerte en 1993.

Deng inventó la famosa frase “un país, dos sistemas“, que dio carta de legalidad a un capitalismo “a la china” o a un “socialismo con características chinas”, que vienen  a ser dos versiones de lo mismo: capitalismo controlado y cliente del estado, pero capitalismo.

Excepto en los aspectos políticos y sociales, China había dejado de ser comunista a la muerte de Deng, cuando su auténtico “Gran Salto” (crecer al 10% anual) apenas había comenzado. Pero el Gobierno sigue ejerciendo un férreo control, y los estudiantes supervivientes de la matanza de la plaza de Tiananmen (1989 ,significa “Paz Celestial”) lo pueden atestiguar.

Pero al lado de los rascacielos de Shanghai o la recuperada Hong-Kong, o de los fastos de Pekín 2008, o de las actuaciones del ídolo nacional Yao Ming con los Rockets, ¿qué importa la destrucción de los valores tradicionales de solidaridad y moderación, entre otros, de la cultura china? El capitalismo a la china ha traído beneficios y hasta es un ejemplo para Occidente.

Sólo los ancianos comienzan a tener sus dudas, junto con los campesinos que siguen viviendo, en gran parte, en una pobreza extrema; o los fracasados en el ultracompetitivo mundo de las ciudades o de la burocracia del Gran Dragón que, al fin, ha despertado, pero no sabemos aún hacia dónde volará.

15
Nov
08

LA REVOLUCIÓN CHINA (I)

Puede que este título no sea el más adecuado para la chapa que os voy a meter a continuación, pero así cierro el ciclo de entradas “revolucionarias”, con lo ocurrido en China desde 1911 hasta casi hoy.

China es hoy ante todo el país más poblado del Mundo si es que los indios no les han cogido ya, que podría ser: tiene ¿1300? ¿1500? ¿1600? millones de habitantes? Ni ellos mismos lo saben con certeza.

 Lo que interesa recalcar es que según todos los indicios siempre desde que hay memoria ha tenido esta condición, en términos proporcionales. Una población además muy desigualmente repartida por el inmenso territorio del antiguo Imperio, y también extremadamente dividida en las categorías de campesino (la gran mayoría de chinos, tradicionalmente) y habitante de las ciudades, más numerosas, geográficamente, en el Sur y Este del país, con la importante excepción de Pekín que está al Noreste.

Sugiero la idea de que lo ocurrido en el siglo XX chino sólo es una revolución si se contemplan los hechos más superficiales: la implantación del Gobierno Comunista, la industrialización acelerada, pero muy tardía dentro del proceso revolucionario, del país, la urbanización cada vez más acentuada pero que sigue a día de hoy sin completarse…

Sugiero que hay mucha más tradición y pervivencia en la China contemporánea de la que pueda pensarse: en la continuidad de una enorme masa campesina con la que literalmente los jefazos de Pekín no saben qué hacer; en su riquísima cultura milenaria, algo de la cual vimos en la ceremonia de apertura de los Juegos de este año (una cultura cada vez más mezclada con elementos occidentales o de los más “avanzados” Hong-Kong y Taiwan, sin embargo) pero fundamentalmente pervive un ORDEN CÓSMICO, un ORDEN CÍCLICO.

La Historia de la China Imperial, como la del Egipto Faraónico, se estructura en una serie de períodos de paz, buen gobierno y expansión, identificados con diversas dinastías- en este caso Tang, Ming, Ching (que dio nombre al país para los occidentales, etc) interrumpidos periódicamente por otros de anarquía, guerra civil o exterior, destrucción, pobreza, caos. Todo ello en un ciclo continuado por toda la Eternidad y querido por el Cielo, que rige el panteón religioso tradicional chino.

La pervivencia del gobierno del Partido Comunista en la China de hoy puede ser entendida, en cierto sentido, y le tomo prestada la idea al gran Eric J. Hobsbawm, como un período de orden y estabilidad que se extiende desde 1949 hasta la actualidad, tras el período de anarquía que siguió a la caída del Último Emperador y de la Dinastía Manchú en 1911. Puede que en la mentalidad colectiva china esa especie de mística del orden, la disciplina y la jerarquía expliquen en parte el éxito, con todos sus virajes y totalitarismo (¿pero China ha conocido gobiernos no-totalitarios? podríamos preguntarnos) de los comunistas en el poder.

El icono máximo de la Revolución tenía sólo 18 años cuando se produjo la caída del Imperio, y debemos pronunciar su nombre como Mao Zedong (1893-1976). Era de orígenes campesinos, lo que contribuiría a su popularidad posterior entre estos, aunque bastante instruido para los estándares de la época. En el período de fragmentación y desorden que siguió a 1911, el joven Mao debió de ser uno de tantos otros líderes de sociedades secretas campesinas, grupos que mezclaban bandidaje, aventura, y cierta mística de grupo, dentro de unos confines territoriales muy estrechos.

En el que había sido centro del poder, un montón de caudillos militares se disputaban, aliándose entre ellos y antes de 1914 con los occidentales, los pedazos del Imperio para construir sus propios feudos. Esta época que dura hasta 1931 aproximadamente es muy oscura y complicada. Sólo comentaré que en la ciudad de Nanjing (Nankín para nosotros) un grupo de profesionales liberales, en todos los sentidos de esa palabra, dieron forma al primer partido político chino, o más bien movimiento, para la unificación nacional: el Kuomintang (Partido Nacionalista), liderado por la gran figura de esta primera década (hasta 1921), Sun-Yat-Sen (pronúnciese como se quiera).

Sun fundó la República de China, de la que se autoproclamó Presidente, y con la promesa de ayuda occidental se propuso reconquistar el territorio para su Gobierno. Al igual que con Lenin, una serie de complicaciones como la Revolución Rusa de 1917, la Primera Guerra Mundial y el surgimiento de los primeros grupos comunistas chinos, complicaron extraordinariamente su labor y en 1925 moría prematuramente, dejando el poder a uno de los caudillos miltares que se le habían unido, el joven y brillante General Chiang-kai-Shek (que lo pronuncie bien su tía).

Chiang es a su vez a la gran figura de la década de 1920, afianzando el poder del Kuomintang en el sur de China y extendiéndolo cada vez más hacia el Norte. Frente a las inclinaciones pro-rusas de Sun, Chiang parece que pronto se convirtió en un decidido anticomunista: en 1927 mandaba ilegalizar al partido ya entonces dominado por un más adulto y experimentado Mao y en 1934 les infligía una durísima derrota militar obligando al grupo comunista a huir a un remoto rincón.

Parecía que Chiang y el Kuomintang tenían todas las cartas en la mano; pero su conquista final de Pekín y la mitad norte del territorio chino quedó cortada por la invasión japonesa de Manchuria en 1931. Lenta, pero implacablemente, los japoneses fueron extendiendo su dominio del Continente desde sus islas, proclamando la instauración de la “Esfera de Co-Prosperidad de la Gran Asia Oriental”, eufemismo para designar al gran Imperio del Sol Naciente en su máximo esplendor y convencido de su destino genético de pueblo-guía de Oriente.

El Kuomintang y la República pasaron a la defensiva muy pronto; hacia 1937 Chiang tuvo que volver a ponerse su antiguo uniforme y dirigir el país desde la tienda de campaña y no desde el despacho, mientras los comunistas resurgían de sus cenizas en teórica colaboración con su gobierno. Mao se proclamaba ahora ya decididamente marxista-estalinista, aunque parece que su formación en las doctrinas proletarias era escasa. Deseaba la ayuda de la URSS como Chiang la de los Estados Unidos. Sería éste último el que ganaría en la partida exterior, pero Mao en la interior.

Efectivamente, el ahora conocido como Gran Timonel, por su estatura y su indiscutible jefatura, aprendió magistralmente la táctica de la guerra de guerrillas (a él se le atribuye la frase: “el Campo rodea a la Ciudad“) tanto contra los japoneses, cada vez más concentrados en sus bases urbanas, e incluso contra el Kuomintang al que informalmente obedecían. Al consumarse la derrota japonesa por mano de USA y de la bomba atómica, pero también por la resistencia china, indochina o indonesia (comunista o no) Mao estaba por primera vez en posición de derrotar a su rival de dos décadas.

La terrible guerra civil de 1945-1949 entre comunistas y Kuomintang dejó al país tan exhausto que quizás estaba dispuesto a aceptar cualquier forma de gobierno estable tras 38 años de anarquía. Con ayuda americana y la Guerra Fría en marcha, Chiang y sus seguidores consiguieron huir en 1949 a Taiwan, donde siguen gobernando (no Chiang mismo, claro) y mantienen la denominación oficial del país, no reconocido internacionalmente a todos los efectos, como REPÚBLICA DE CHINA. Mientras, los victoriosos maoístas levantaron la bandera roja con las estrellas amarillas en Pekín y proclamaron la República POPULAR China.

El camino posterior no quedaba muy claro, aunque parecía que debía pasar obligatoriamente por la colaboración de la URSS de Stalin. Sólo por pocos años iba a ser así, sorprendentemente… pero esto lo dejo para otra entrada, que esta me parece ya ha quedado MUY larga.

21
Oct
08

LA REVOLUCIÓN RUSA

En respuesta a la petición del compañero leonelreo, y confiando en que os interese. Perdonad los posibles errores, es tema de cansancio. Se lo dejo a la masa crítica…

 

Situémonos en la Rusia que entraba en el siglo XX. Un país inmenso, con fronteras al Oeste con Alemania y al Este con Japón!!! Era el “Centinela de Oriente”, en el sentido de que el imperio de los zares tenía encomendada la misión inmemorial de defender y expandir  la Cristiandad y la Civilización (que se consideraban como lo mismo) de los bárbaros de las estepas asiáticas, del Cáucaso y, más allá, de Mongolia e incluso de Japón.

Este Centinela miraba sin embargo sistemáticamente hacia Occidente, y ello quizás porque se consideraba un hermano pobre e inculto en comparación con la Europa Occidental próspera, pacífica, civilizada, industrializada… e imperialista.

En 1904-05 el gobierno del Zar Nicolás II sufrió un revés importantísimo: se enfrentó en el Pacífico a su extraño vecino del Este, el Imperio del Sol Naciente, y fue derrotado estrepitosamente. El resultado de la guerra ruso-japonesa puso rapidámente el prestigio y la estabilidad del régimen contra las cuerdas: se oyó ruido de sables porque el Ejército, el principal sostén del Gobierno autocrático de Nicolás y su Corte, no quería salir como principal perjudicado de la crisis.

Un motín de los marineros del puerto de Odessa en 1905, reflejado de forma extraordinaria en la película El Acorazado Potemkin, fue inmediatamente acompañado de otras pequeñas revueltas en las principales ciudades de Rusia, como San Petersburgo, donde uno de los mayores líderes fue un joven judío socialista, Lev Davidovich Bronstein, más conocido como Leon Trotski.

Pero el campo ruso, cuna del 90% del total de la  población que vivía en condiciones durísimas de servidumbre y sin acceso apenas a la propiedad de la tierra, apenas se movió. Su exigencia, que siempre repetirían en los años siguientes, era el reparto de la tierra a las comunidades campesinas y la desposesión de los aristócratas.

Durante los años posteriores el Gobierno del Zar trató de realizar una serie de reformas limitadas, convocando una Duma (Asamblea de Notables) como medida cuasi-cosmética. Tampoco tenía demasiado que temer de la oposición (no existía nada ni parecido a un Partido Liberal, menos todavía un Partido Agrario) como se ha visto, mientras que el Ejército conservara su fidelidad.

Pero Rusia se alió, dentro del complicado juego de la política internacional, con las potencias liberales frente a los grandes Imperios, lo que puede parecer algo antinatural. Se formó la Triple Entente (Rusia-Francia-Gran Bretaña) frente a la coalición del II Reich Alemán, el Imperio de los Habsburgo (Austria-Hungría) y posteriormente Turquía. Rusia tenía razones estratégicas para arrebatar territorios en la guerra que se acercaba a sus tres oponentes, y así restaurar su prestigio.

La Gran Guerra (Primera Guerra Mundial para la posteridad) comenzó en 1914 y los planes zaristas se vinieron abajo con rapidez. El Ejército se movilizó en números nunca vistos antes, y dirigido por aristócratas pero con una enorme masa de oficiales y soldados rasos campesinos. El tremendo esfuerzo de guerra destrozó a todos los combatientes, pero a Rusia la lanzó hacia la Revolución, gradualmente.

En Octubre de 1917 los frentes de guerra estaban estabilizados, pero los rusos habían tenido que ceder ante el terrible empuje alemán desde Polonia y estaban a la defensiva. La situación de la capital San Petersburgo, en la orilla Este del Golfo de Finlandia, era especialmente crítica, pues en cualquier momento podía ser ocupada por los alemanes.

Una huelga en la capital que acabó en revuelta general  encendió la mecha definitiva. Tras tres días de lucha, el Palacio de Invierno fue tomado por una muchedumbre todavía no encuadrada ante la pasividad de un Ejército que había decidido sacrificar al Zar para hacerse con el control de la situación.

Pero el Ejército estaba en su mayoría en campaña y fuera de control; dentro del mismo se habían comenzado a formar Comités revolucionarios que esperaban el fin de la guerra, la vuelta a su país, el reparto de la tierra y un gobierno justo que acabara con el predominio de la aristocracia. Estos comités fueron llamados Soviéts.

Junto a los soviets del Ejército crecieron (“como setas en la lluvia”, se dijo) soviets de campesinos que esperaban igualmente tener alguna voz en el futuro del país y empezaron a ocupar las tierras por su cuenta.

Ese futuro del “país de los soviets” se presentaba sumamente incierto. El próximo Gobierno podía caer tan rápido como el del Zar, que ya había sido ejecutado junto con toda su familia. Una coalición de pequeños grupos comunistas (bolcheviques y mencheviques) y populistas (narodniks) instaló un Gobierno revolucionario que rápidamente tomó medidas drásticas: la primera de todas, firmar la paz con los alemanes en el Tratado de Brest-Litovsk (marzo de 1918). Un Tratado con muy duras condiciones que certificaba la derrota rusa y pérdida de territorios, pero que permitía  los soldados regresar a casa.

Esta medida fue muy popular, como también la rápida confiscación de los bienes de la aristocracia y su total exclusión del poder político. La Revolución entraba en una segunda fase (1918-1921) en la que iba a tener que aguantar carros y carretas. El Gobierno debía hacerse con el control del país para que éste no se convirtiese, como parecía probable, en un inmenso conjunto de feudos militares. Pero los contrarrevolucionarios, apoyados por los vencedores de la Primera Guerra Mundial, desencadenaron una guerra civil que iba a devastar el país más de lo que ya lo estaba, entre 1918 y 1920.

Trotski como comisario de Guerra desempeñó un papel fundamental en la victoria comunista (desde 1919 se abandonó cualquier sistema electoral liberal o democrático en la nueva Unión Soviética para pasar a un régimen de partido único, el PCUS), pero el verdadero cerebro de las operaciones fue el máximo dirigente de la intelligentsia bolchevique, el intelectual marxista Vladímir Ilich Ulianov, Lenin.

A Lenin se deben las mejores obras literarias y propagandísticas de este período, y también la organización de una economía de guerra durísima para que la Rusia Roja se impusiera a la Rusia Blanca. Él fue el principal responsable de las depuraciones consiguientes, pero también de los planes de reindustrialización y reforma económica del país que comenzaron una vez terminada la Guerra Civil, en 1921.

Había dos líneas de pensamiento sobre el tema económico. La preconizada por Nikolái Bujarin, el principal consejero económico de Lenin, apostaba por un modelo de avance gradual hacia una economía mixta capitalista-socialista (no existía ni burguesía ni proletariado industrial en la URSS dignos de mención en aquel momento), previa al salto definitivo hacia la construcción de la Nueva Sociedad. 

La otra línea sostenía que no habiendo capitalismo en Rusia, la Revolución debía concentrarse en construir el socialismo soviético, con la economía rígidamente controlada por el Estado, inmediatamente. El líder de esta segunda facción era el Comisario para las Nacionalidades, un georgiano llamado Jósif Vissarianovich Djugashvilli, pero que había asumido el nombre de “El Hombre de Hierro”, en ruso Stalin.

En un primer momento triunfó la primera tesis, traducida en la NEP (Nueva Política Económica) que Rusia aplicó sin demasiado éxito hasta 1926 aproximadamente. Esta línea implicaba una mayor apertura política y económica hacia el exterior, que la facción trotskista deseaba ardientemente para extender la Revolución a todo el mundo. Miraban a Alemania, a Hungría, a Checoslovaquia, países cercanos e industrializados que podían ser ganados para la Causa de la (III) Internacional.

Pero el comunismo no iba a lograr instaurarse en esta fase fuera de la URSS, a pesar de intentos socialistas de tomar el poder, entre 1919 y 1923, en países tan diferentes y alejados como España, México, Brasil o China.

Lenin sufrió además un ataque de parálisis en 1922, lo que privó a la Revolución de su indiscutible líder (moriría en 1924) y dejó una incertidumbre sobre su herencia, que habría de definirse entre los internacionalistas de Trotski y los precursores del impulso hacia un comunismo autoritario y una industrialización salvaje a costa de cualquier esfuerzo, que era la tesis del “Hombre de Hierro”.

Parece que Lenin, sorprendentemente (¿o no?) se habría inclinado en el último momento por que le sucediera Stalin. Sea como fuere, los años 1924-28 vieron una nueva situación de caos que terminó con la victoria de los estalinistas, la entronización del Nuevo Jefe, las primeras purgas que éste hizo célebres… y la huida de Trotski (asesinado en México en 1941por un agente español al servicio de la URSS) y sus partidarios, los últimos astros, por el momento, de la causa de la Revolución Mundial.

Empezaba la era estalinista, la del “Socialismo en un solo país”. La URSS con sus planes quinquenales, su férrea dirección política, sus purgas periódicas de disidentes y su culto a la personalidad, se convertía en el único modelo mundial de la Nueva Sociedad. Desde 1944, el modelo iba a triunfar y sería exportado exactamente así… contra los deseos de Stalin, al parecer.

13
Oct
08

LA REPÚBLICA DE LA VIRTUD Y EL INCORRUPTIBLE

Casi todo el mundo sabe que la Revolución Francesa se inició en el verano del año 1789 con una serie de disturbios en París, en otras ciudades francesas, así como en el campo,y finalmente en la propia residencia real del palacio de Versalles. El 14 de Julio un numeroso grupo tomó al asalto la antigua cárcel política de la Bastilla de forma poco gloriosa, pues había sido abandonada y sólo quedaban cuatro ocupantes, inválidos física o mentalmente para escapar. Pero, los que asaltaron la Bastilla buscaban ante todo armas.

Armas, porque la guerra civil casi ininterrumpida en la que vivió Francia a partir de ese momento, y que con el tiempo arrastraría a toda Europa a un terrible período bélico entre 1792 y 1815, esa guerra se luchó en la calle.

 Fue la primera guerra revolucionaria, la primera guerra por una ideología política (no la primera por ideologías, las guerras de religión habían sido de este tipo),y una de las primeras guerras que pueden ser incluidas en el triste catálogo de GUERRAS TOTALES. Que este capítulo sea considerado unánimemente como la puerta de entrada a la época histórica que hoy vivimos puede responder en parte a la pregunta de Jordi: “¿De dónde venimos?”

Maximilien de Robespierre (1758-1794) sí que tenía muy clara la respuesta a la siguiente pregunta: “¿A dónde vamos?” Procedente de la ciudad de Arras, se presentó a las elecciones a los Estados Generales (Parlamento) franceses de 1789, previstas en principio como una mera farsa para que el Rey y sus ministros consiguieran los subsidios para la Hacienda que necesitaban desesperadamente. La jugada fue un gravísimo error político para los partidarios de la monarquía absoluta tradicional, pues permitió a todas las fuerzas partidarias del constitucionalismo y el liberalismo unirse para dar un auténtico golpe de Estado, constituirse en Asamblea y proclamar los Derechos del Hombre.

La revolución nacía así incruenta y con una declaración de importancia excepcional para la Historia humana. Pero el complicadísimo juego político de la época, con unos revolucionarios sumamente divididos y unos contrarrevolucionarios dispuestos a dar el contragolpe a la primera oportunidad, determinaron el curso sangriento de lo que ocurrió a continuación. En medio de una gran crisis económica y social y con el país en guerra con media Europa desde 1792, la posición de Luis XVI como Rey Constitucional de Francia se hizo cada vez más insostenible.

En este contexto, en los clubes y sociedades secretas de París y otras ciudades, donde se hacía la verdadera política (otra innovación que parece que continúa hasta hoy :P) comenzó a triunfar la tesis de la república clásica y del republicanismo. En una situación límite, sólo una nueva revolución que transformara Francia en una República y a todos sus patriotas en ciudadanos virtuosos entregados al servicio de la Patria (a la manera de la República Romana y sus ciudadanos-soldados), podía salvar al país. La distinción entre civil y militar iba a quedar borrada a efectos de planificación de la guerra, y es el primer principio básico de la Guerra Total.

Así ocurrió que la facción que Robespierre había llegado a encabezar, los jacobinos, aliada con otra de tipo menos radical, los girondinos, y con las masas de París, derrocó a Luis XVI, lo capturó cuando intentaba huir en el verano de 1792 y proclamó el nacimiento de la República y de una Nueva Era para la Humanidad. A partir de esa fecha se contarían el año I, II, y asi sucesivamente. Todo lo que recordara al antiguo orden: cristianismo, trono, simbolos monárquicos, sería suprimido y reemplazado por nombres de meses, de edificios y hasta de niños convenientemente republicanos y virtuosos. La República de la Virtud había nacido.

La Constitución de 1793, o Constitución del Año I, extendía considerablemente la declaración de derechos pero al mismo tiempo los limitaba, al conceder a la Asamblea Nacional, máximo y único órgano de poder del Estado, poderes extraordinarios. Como medio de asegurar la limpieza de la República, su buen funcionamiento se encomendó al llamado Comité de Salud Pública, el verdadero gobierno de la Revolución en esta etapa, que presidía nuestro personaje, Robespierre.

El Comité inmediatamente utilizó sus poderes especiales para imponer mano dura en la dirección de la política interior y exterior francesa. Centralizó hasta donde le fue posible la economía, la organizó como una economía de guerra, y de la misma forma trató a los ciudadanos. Los sospechosos de deslealtad a la República podían ser ejecutados con juicio sumarísimo o sin él, incluso. Se cuenta que algunos de los que luego se llamarían “carniceros” o “terroristas”, tiraban a hombres, mujeres y niños al río para que se ahogaran todos y así ahorrar tiempo. Horrible. Una de las frases más conocidas de esta etapa es, “Lyon, il n´y a pas dejà”, “Lyon ya no existe”, que fue lo que respondió un “terrorista” cuando le pidieron un informe sobre su campaña en esta ciudad.

Robespierre recibía informes como los del Holocausto de Lyon y no sabemos cómo reaccionaría ante el Terror que se estaba desatando; parece que una vez que escapó a su control y que la lógica de la brutalidad, la traición y la venganza se apoderaron de la Revolución, el Presidente utilizó esas mismas armas contra sus principales adversarios políticos, acusándoles del pecado mortal: faltar a la virtud republicana, especialmente en la gestión de los fondos públicos (estas cosas no cambian) ser enemigos del Estado, y por tanto, guillotinarlos.

El propio Rey Luis XVI pasó por la guillotina en Enero de 1793, y la Reina María Antonieta le seguiría un año más tarde. Para que nos hagamos una idea de lo que fue el Terror basta con decir que en los 5-6 meses que duró se calcula que fueros asesinadas por motivos políticos unas 45.000 personas.

El Terror acabaría volviéndose contra Robespierre, ahora conocido como El Incorruptible porque el NO metía la mano en la caja, pero mientras duró nuestro personaje alcanzó sus más altas cimas de poder y prestigio: Presidente de la Asamblea Nacional, el Dictador de Francia pudo ver realizado en parte su gran sueño de una Nueva Religión Republicana y un Nuevo Culto, en torno a la figura del Ser Supremo, un vago concepto de tipo deísta pero ya no cristiano, sino RACIONAL, y de sus “santos”, los grandes pensadores, y el primero de entre ellos el “divino” Jean-Jacques Rousseau, por el que Robespierre sentía una especie de adoración.

Todo ello acabaría cuando Robespierre atacó a su círculo más cercano en el verano de 1794, con Francia hecha trizas por el Terror y en graves dificultades en el frente bélico europeo. Acusó de corrupción y deslealtad a los líderes de las masas de París, los sans-culottes, luego a su mayor rival Danton, y el 27 de Julio de 1794 en su último discurso ante la Asamblea dejó caer que en la próxima sesión anunciaría nuevos nombres de traidores.

Esa sesión nunca se produjo. La noche del 27 de Julio la aterrorizada Asamblea votó la destitución de Robespierre y su condena a muerte como enemigo del Estado (irónico). Fue detenido inmediatamente y ejecutado sin juicio al día siguiente, el 9 de Termidor del año II, 28 de Julio de 1794.

El Terror no se iba a detener con la ejecución del Incorruptible, pero Francia iba a sobrevivir y en gran parte gracias al potencial revolucionario de sus ideas y de los ejércitos que victoriosos las expandían por Europa y el mundo. Un joven General, la nueva estrella del Ejército Francés, daría el golpe de gracia a la República en el año 1799,  18 de Brumario del año VII, al hacerse con el poder mediante un nuevo golpe. Su nombre era Napoleón Bonaparte, y, una vez consumada su pacificación iba a afirmar, en 1800 (año VIII claro): “La Révolution, c´est fini“. En realidad no había hecho más que comenzar y nos iba a lanzar hacia un nuevo mundo, el mundo en el que nacimos.

15
Jul
08

RELIGIONES EN LA HISTORIA

Escribo esta entrada a petición del compañero leonelreo dentro de este “consultorio de Historia”. Voy a intentar no tirarme mucho el rollo en un tema que me apasiona e ir de momento a lo esencial.

Según la mayor parte de los historiadores de la sociedad y la cultura, la religión en cualquiera de sus formas siempre ha tenido la función de facilitar el orden y la estabilidad, tanto a nivel individual como colectivo. Esta sería una explicación funcional del origen de las religiones. Las encontraríamos ya en el misterioso arte del Paleolítico Superior Europeo, en esas Cuevas de Altamira por ejemplo; un arte que muchos prehistoriadores han considerado como, en todo o en parte, de significado religioso.

Si ahora buscamos una evolución hacia formas cada vez más complejas de religión, otra de las tesis favoritas de mis colegas los antropólogos, parece que nos encontramos con que en el Principio fue el animismo, o creencia en el carácter trascendente, espiritual, del mundo que nos rodea, con múltiples manifestaciones con las cuales se podría entrar en contacto mediante ciertos trances o a través de personas con algún don especial.

La superación del animismo vendría con la llegada a la sociedad humana del carácter trascendente del propio Hombre y de su colocación en el centro de una explicación completa, y compleja, del mundo que le rodea y de su evolución. Observamos entonces que las vagas fuerzas espirituales del animismo se humanizan y se transforman en seres bien caracterizados que rigen, casi siempre en un reflejo de la propia organización política (que suelen legitimar) los destinos del Universo.

Digo Seres y no Ser porque estas religiones admiten como principio básico la existencia de multitud de Dioses; ya sean las religiones mesopotámicas, la egipcia o la griega y la romana, las que mejor conocemos de la Antiguedad, todas ellas cuentan con un Panteón de Seres Superiores muy nutrido. Ello no implica en absoluto que no se pueda reconocer la superioridad de alguno de ellos, como Zeus Olímpico o las distintas encarnaciones del Faraón Egipcio.

Por las manifestaciones, de nuevo artísticas y ahora también literarias, de que disponemos, se observa que estas religiones politeístas siguen siendo básicas para la vida de las sociedades en las que se implantaron. Los egipcios o los griegos tenían un dios prácticamente para casi todo, si de nuevo nos vamos a la explicación funcional. No obstante, y a grandes rasgos, se va observando una división de las religiones en dos ramas: tienen una función de expresión del orden terrestre y legitimación del mismo y de sus aspiraciones (caso de Ra o Amón en Egipto, del Olimpo griego, de la Tríada Capitolina Romana), pero, también, y ahora llego al Cristianismo, una función de dar sentido a la existencia individual y ofrecer una aspiración a la eternidad para la parte espiritual del hombre.

El punto que se señala como clave en la evolución histórica sería aquel en que las religiones se especializaron definitivamente, y la función legitimadora y la función, digamos, de salvación personal, quedaron cada vez más alejadas. En el Imperio Romano, en los tres primeros siglos de nuestra era, se habría observado que la religión oficial, con la deificación del Emperador, iba cediendo terreno ante las llamadas religiones mistéricas, u orientales, que ofrecían al creyente cosmopolita un mensaje más sentimental, más cercano, en fin, más humano.

Al principio el Cristianismo fue solamente una entre muchas de estas creencias y es probable que se fundiera con ellas en algunas de sus primeras manifestaciones. El siguiente paso en la evolución religiosa, el Monoteísmo absoluto, ya había sido dado por el Judaísmo muchos siglos antes. Una conjunción de esta antiquísima religión, de la filosofía helenística y de la propia religión romana y su filosofía organizativa acabaron dando forma, con el tiempo, al Cristianismo Medieval.

El Cristianismo habría triunfado en el Imperio Romano porque fue capaz, en unos tiempos muy difíciles, de cumplir las dos funciones que he señalado para una religión. Su vertiente política se agudizó muchísimo en la parte Occidental de este al desaparecer la máxima autoridad civil, lo que no ocurrió en la parte oriental, posteriormente conocida como Imperio Bizantino.

Va surgiendo en Occidente toda una filosofía organizativa cada vez más compleja que, en la Edad Media al menos, absorberá prácticamente a todas las demás ramas de la cultura o las incluirá dentro de sí. Gran parte del pensamiento medieval, también del político, es, en cierto modo, Teología. Y así en la formación de esa esfera poítico-cultural, lo que hoy llamaríamos Civilización, que es Occidente, y Europa, el peso del Cristianismo es abrumador. Es una filosofía excluyente: lo que no es cristiano es incivilizado y se rige por las leyes de la naturaleza, pudiendo ser, por ejemplo, atacado en cualquier momento y sin causa legítima especial.

Así ocurrió con los indios americanos, una de las manchas negras de la Historia del Cristianismo, al menos en parte, porque la Leyenda Negra admite muchas matizaciones. Pero mucho antes la Religión Verdadera había tropezado con su mayor enemigo, con el Enemigo: una religión que se presentaba como igualmente única verdad con carácter excluyente, derivada en muchos aspectos del Cristianismo. Me refiero al Islam, la tercera gran religión monoteísta, con la misma fuerza expansiva y capacidad de afirmarse como civilización de éste.

Esto podría ocupar mucho más espacio, pero creo que ya me he pasado mucho del que pensaba usar. Me quedaría por explicar la evolución, sobre ese marco de fondo de invasión por parte de las religiones de todos los aspectos de la vida, de la religión en el mundo moderno. El siguiente, y hasta ahora último paso, en la evolución de la religión consistiría precisamente en su retirada lenta y progresiva hacia el ámbito privado e individual, el proceso de secularización. Pero las posibilidades de esta evolución eran todavía muy limitadas en el momento de máximo apogeo de la Europa Cristiana, en el siglo XIII.

01
Jul
08

España invertebrada

Le tomo el título de esta entrada a José Ortega y Gasset, probablemente el intelectual español más relevante de la primera mitad del siglo XX. Él y muchos más, desde todas las posiciones ideológicas, han sostenido en los últimos 150 años aproximadamente la existencia de el problema de España, refiriéndose con ello a la escasa articulación ínterna del país, a la falta de una identidad común poderosa, que incluya a toda la sociedad bajo unos mismos símbolos: una bandera, un himno, una historia…

Bueno, personalmente pienso que la palabra Nación es palabra muy tramposa por lo que tiene de instrumento político fácilmente utilizable en la lucha por el poder y el control social. En España como en todo el mundo conocido, hemos vivido desde el siglo XIX, el siglo de la invención de las naciones, el intento por los diversos grupos dirigentes de transmitirnos ese sentimiento de identidad, esa base para la unidad y el buen funcionamiento del Estado y de la Economía, para la paz social… sin éxito.

Pues las creencias rara vez se imponen desde arriba, aunque los grupos dirigentes tengan una gran influencia en la creación de la cultura. Una creencia nacional sólo madura en un terreno abonado para ello, allá donde se encuentran las aspiraciones de una comunidad de cohesionarse en torno a una constitución (en sentido muy amplio, no sólo político) y la voluntad política de encauzar esas mismas aspiraciones, sin olvidar tampoco el contexto internacional del momento.

Yendo al caso español, diría que en el siglo XIX se construyeron varias identidades nacionales competidoras: la nacional-católica; la liberal-castellanista, la catalanista y la vasca; y a finales del XIX y principios del XX se les unió otra más que es la republicana-integralista.

La primera tiene su mejor expresión en la ideología del Movimiento Nacional surgido en torno a la persona del General Franco y sus apoyos sociales, reforzada tras el triunfo de este bando en la Guerra Civil de 1936-1939; la segunda, en la Constitución de 1876 y su desarrollo hasta 1898 aproximadamente, y también en la ideología dominante en los primeros Gobiernos de la España democrática (Suárez y Calvo-Sotelo); la tercera, en el actual Estatuto de Cataluña; la cuarta, la vasca, tiene varias expresiones en una sociedad profundamente dividida; por último la quinta, la republicana, queda expresada en la Constitución de la II República de Octubre de 1931.

Un mapa muy complejo, por tanto, con diversas propuestas, ninguna de las cuales ha triunfado del todo sobre las demás… lo que sigue generando tensiones y confusión. Las tres ideologías “estatales”, digamos, encierran propuestas muy distintas y probablemente incompatibles. La actual Constitución de 1978 recoge elementos de las tres, también de la nacional-católica en aspectos como la redacción del art. 2 de la misma (consultar el apartado 1); o el súper polémico art. 27.3 sobre las confesiones religiosas en España.

España sigue invertebrada, lo cual no tiene por qué suponer un grave problema, pero, y al hilo de las preguntas de Harry he escrito esto, la celebración de una gesta nacional como la consecución de la Eurocopa lleva a preguntarse… sí, “hemos” ganado, lo estamos celebrando, pero,¿¿¿QUIÉNES SOMOS??? ¿QUÉ ES ESPAÑA? ¿QUÉ REPRESENTA?




Calendario

ESTADISTICAS

  • 533.155 visitas
enero 2020
L M X J V S D
« Feb    
 12345
6789101112
13141516171819
20212223242526
2728293031